El origen del lenguaje
Enero 28, 2009
Hasta ahora, no habíamos salido del debate en torno a la naturaleza innata, genética, cognitiva o cultural del lenguaje. Nombres como el de Saussure, Chomsky, Piaget o Vigotsky nos resultan familiares.
Desde el ámbito científico, nos dicen, que para hablar hace falta un gen. Pero este hecho importante, parece no ser esencial. Al menos, esto es lo que sugiere un antropólogo llamado Chris Knight, al que Eduard Punset entrevistó, para el programa Redes, la primavera del año pasado. Sólo cuando nuestros antepasados desarrollaron un espíritu de cooperación con los demás, un compromiso de respeto mutuo -lo que se llama un contrato social- hemos podido, según Knight, desarrollar el lenguaje. Y para la firma de este contrato fue fundamental un contrato sexual. Un instinto, el sexual, poderoso y, en cierto modo, incontrolable.
Todos los animales juegan. En humanos y chimpancés los objetivos en la infancia son similares, incluso las formas. Pero, llegada la madurez sexual, todo cambia y, sobre todo, los límites. Porque, cuando el sexo está en juego, un animal no puede permitirse perder. El control del sexo, dice Knight, nos permitió desarrollar el lenguaje y la cultura simbólica que nos caracteriza. Y ese control lo llevó a cabo la mujer.
Entonces, brotaron las palabras.
Cuando dos enamorados se dicen “te quiero” uno al otro, dan por sobrentendido que comparten idéntico deseo y también vínculos que obligan frente a los demás. El uso de las palabras “te quiero”, presupone la existencia de una sociedad –la de nuestros antepasados, posiblemente más que las de ahora- en la que hay protocolos, ritos, sentido del tacto, vínculos mutuos derivados del afecto y la relación sexual, ganas de salvar las apariencias, respeto recíproco. En cierto modo, impera la ley basada en un contrato colectivo de confianza mutua y no en el poder de unos pocos sobre los demás.
Hablamos porque, en un momento dado de nuestra evolución, se consolida una verdadera revolución social y el lenguaje es indispensable para sellar ese tipo de compromisos en esa sociedad.
No obstante, en la vida moderna se utiliza, a menudo, el lenguaje sin miramientos por el caudal social que le vio nacer. Suele ser un lenguaje grosero, lleno de improperios para no colaborar, sin referencia al tacto, al respeto del protocolo, a los vínculos contraídos, a la confianza mutua. Se diría que en las sociedades modernas, la sugerencia del antropólogo Chris Knight no tiene sentido.
Se puede perder el tacto, la delicadeza, el ánimo de salvar las apariencias, el respeto mutuo, el imperio de la ley basada en el consentimiento colectivo, sin perder la capacidad de hablar.
Pero, ¿le queda entonces algo al lenguaje de sus orígenes nobles y rituales?
Podéis acceder al texto escrito de la entrevista completa aquí.
O ver el vídeo.