Homenaje a José Hierro
Diciembre 21, 2009
Los niños han abandonado
carruseles, montañas rusas,
nubes de azúcar, blanca o rosa, palomitas de maíz
y suspendidos de sus cometas de colores
han llegado a la orilla. Atrás quedó
la música crispada de los altavoces.
Ahora escuchan otra música más sosegada y misteriosa: jadeo de olas, disnea de cetáceos agonizantes, chillidos de las aves marinas, estremecedora polifonía. Los niños, desconectados de lo fabuloso, saben que es imposible que a Jonás se lo tragase una ballena, como cuenta la Santa Biblia, porque al final de la caverna amenazadora una garganta angosta permite sólo el paso de minúsculos pececillos, plancton, polen marino que atravesaron las barbas filtradoras. (Ignoran, sin embargo, que estas barbas fueron antaño utilizadas para acentuar la delgadez del talle de las damas. ¡Sólo Dios sabe qué habrá sido de ellas, dónde estarán ahora pudriéndose!) II Son, desde luego, extraños pero no infrecuentes
estos suicidios colectivos. Los biólogos, oceanógrafos, ecologistas nada pueden hacer por reintegrar a los cetáceos a su hábitat, a su medio natural; no sólo por su peso y su volumen, sino porque están decididas -resignadas- a morir. (Se barajan hipótesis diferentes y contradictorias: alguna, tal vez, resolverá el enigma). Hay quienes atribuyen el suceso a una avería, una desconexión -por el momento indemostrable- en el sofisticado sistema de radar que utilizan en sus desplazamientos. ¡Quién sabe cuál será la causa
de esta agonía a la que yo asistí
en las arenas de Long Island! III Yo sí lo sé. Yo he descifrado el, para los demás, indescifrable código, -¡oh mi piedra Rosetta de estrellas y de olas!- Los ballenatos, los jóvenes, los útiles, los que regresan a la mar tras culminar estas expediciones hablaban en sus asambleas nocturnas, mientras dormían las ballenas madres, de la necesidad imperiosa de librarse de este lastre de ancianas jubiladas, de toneladas de disnea y sordera. Con fuegos o aguas de artificio, pirotecnia, acuatecnia, comunicaron su resolución: “Nosotros os conduciremos a unas playas calientes, a unos lugares a los que no llegan tempestades, témpanos, balleneros; allí disfrutaréis del merecido descanso después de tantas aventuras, tantos afanes, tantos riesgos.” Las dejaron varadas en la arena. “Hasta mañana”, les dijeron, sabiendo que no volverían. “Hasta mañana”. IV Misericordioso e implacable el sol les reseca la piel repujada de algas. Muy pronto albatros y gaviotas se ensañarán con estas moles de agonía, de grasa y carne putrefacta. El sol es chupado por el horizonte, se hunde poco a poco en él despidiéndose con su rayo verde. Luego es la noche, y otras noches. El faro intermitentemente pasa su lengua de luz piadosa sobre la arena. El mar agita sus espejos negros. Sobre la seda o terciopelo funeral chisporrotean las estrellas fugaces, las ascuas de la luna de azafrán. El zumbido de las abejas marinas, el crujido del oleaje que clava sus colmillos en las rocas de azabache y cristal resuena en los oídos agonizantes de las viejas ballenas, festín de la desolación, el silencio, el olvido, la sombra. V “Hasta mañana.” Fue el último mensaje. Y ya no habrá mañana. Ahora las moribundas, ciegas y sordas tienen la mirada del recuerdo puesta en sus ballenatos, indefensos frente al testuz terrible de las olas heladas, los témpanos, las hélices, los arpones, desvalidos, sin rumbo por esos mares de Dios. José Hierro, Cuaderno de Nueva York, Madrid, Poesía Hiperión, 1998.
La vida en suspenso…
Noviembre 19, 2009
6 de octubre de 2009. Hace más de medio año que escribí aquí por última vez y volver a hacerlo hoy es como regresar de un largo viaje, cuando todos te han olvidado ya, cuando ya nadie te espera.
Desde entonces, había querido dedicar un artículo a una obra que leí hace ya más de una década, una obra olvidada de un autor olvidado, por aquello de ahondar en la idea recurrente de una vida que queda en suspenso, de un viaje del que, en este caso, nadie regresa, ni autor ni protagonista. El diario de Hamlet García de Paulino Masip.
“1.º de enero de 1935. No soy Príncipe de Dinamarca, ni me baten vientos contrarios en la encrucijada de un drama doméstico. Mi padre no fue rey, sino de su casa, y la viudez de mi madre tan honorable como su vida conyugal. Pero me llamo Hamlet. Si tuve Ofelia, como casé con ella, dejó de serlo porque la hice madre y se convirtió en doña Ofelia, aficionada al agua de los ríos cuando le faltan las densas y saladas del mar, pero no para ahogarse en ellas, aventura romántica que, si le tentó algún día, ya no le tienta. Alguna vez la he mandado a un convento, es verdad, pero era una manera figurada de decir, punto de destino imaginario sin más valor que la luna o las antípodas. Ni ella pensó en hacerme caso, ni yo se lo hubiera agradecido.”
Así comienza a narrar su historia este don nadie, este pequeño burgués, profesor ambulante de metafísica, observador pasivo de la terrible realidad que le tocará vivir, de la que no es ni siquiera consciente, sumido como está en sus propios pensamientos. De ahí su anotación del 17 de julio de 1936, Hoy ha hecho mucho calor, escribe, nada más y nada menos. Hamlet se caracteriza no por lo que hace, sino por lo que deja de hacer y su figura se desvanece otro día cualquiera, un 30 de octubre de 1936, en las vísperas del asalto a Madrid, entre el ruido de bombas, de sirenas y el silencio de un diario que queda interrumpido. Un editor apócrifo nos asegura que fue herido durante el bombardeo, pero que no murió, y apenas dice nada más que un Por ahí anda…
Por ahí anduvo también su autor, éste sí, comprometido republicano, que acabó en el exilio mexicano en el que murió antes de poder regresar. Su amigo Max Aub había lamentado que Masip, dedicado a trabajar para el cine, hubiera desistido de escribir novelas. Pero motivos no le faltaron, pues la obra, publicada en México en 1944, no vio la luz en España hasta 1987, muerto ya el autor. Y nunca obtuvo el reconocimiento merecido.
Conseguir hoy en día un ejemplar no resulta nada fácil, pero su relectura bien merecía el esfuerzo de algún que otro paseo veraniego. De mi lectura inicial recordaba un pasaje con especial emoción, el que Hamlet dedica al nacimiento de su primer hijo.
“Yo he parido. A mi primer hijo lo he parido yo. Mi mujer se enfada cuando lo digo, pero es verdad. (…) Para abrirle paso se desgajaron las entrañas de la madre, pero las mías me dolieron tanto que me duelen aún. (…) Yo sentí, claramente, que mi espalda se curvaba hacia el suelo, que mis manos se posaban en él convertidas las manos en pezuñas, que mis lomos se alargaban y todo mi cuerpo se cubría de cerdas. Me vi convertido en una pobre bestia lacerada, pegado a mi hembra y los dos esperábamos, aterrados, sumidos en inquietud pavorosa, el fenómeno sin nombre.”
La imagen descrita me pareció impresionante, y, a pesar de que la crítica insistiera en que la mirada de Hamlet era la de un observador desapegado, los ojos que describen la alcoba de la parturienta son, todavía hoy para mí, unos ojos vibrantes, llenos de emoción.
Reivindico la mirada de los hombres huecos, deshabitados, de los don nadies y animo a todos a leer sus historias.
Esperando a Godot
Agosto 1, 2008
Los aeropuertos se llenan estos días de gente que va y viene y, entre tanto, de gente que espera… Espera para disfrutar al fin de las ansiadas vacaciones en algún lugar exótico o para volver a casa habiéndolas disfrutado ya. Hay gente que espera la llegada o la vuelta de algún conocido, para reclamar la devolución del importe del billete de un vuelo fallido, o para obtener información sobre una maleta perdida… En fin, espera.
Los viajeros van preparados con todo lo necesario para soportar mejor la larga espera. Los best sellers hacen entonces su agosto, aunque hoy esto sea redundante. Estos libros se apilan en los expositores y parece resultar difícil resistirse a títulos tan sugerentes. Confieso que no he leído ninguno, no pretendo ser elitista, es la pura realidad, pero conozco de referencia alguno con bastante detalle. En concreto, el famoso Código Da Vinci que hizo removerse algo en la iglesia católica hace algún tiempo. Dan Brown supo aprovecharse de la confusión entre literatura e historia.
Esperando, encuentro en la web una página curiosa. Aquí os dejo el enlace. Te ofrecen, gratuitamente, el título y el argumento de lo que, sin duda, podría llegar a ser un auténtico best seller de Dan Brown y si todavía te muestras reticente, actualizando la página te sugieren otro título y su argumento y otro y otro… Parece de cobardes no intentarlo, buscar editor y probar suerte.
Yo soy cobarde. Prefiero escribir estas líneas después de leer a alguien más cercano, Juan José Millás. En su página oficial podéis encontrar algunos de sus ”articuentos”. Recuerdo que hace tiempo leí uno genial, Clandestinos. La pasión por la lectura es el tema, el humor de Millás, inconfundible. En él hay una magnífica referencia a Beckett. Beckett y, en concreto su obra Esperando a Godot, era una de mis lecturas pendientes desde hacía tiempo.
El teatro es fundamentalmente un espectáculo que adquiere su máxima dimensión sobre las tablas del escenario. El texto teatral reproduce, en algunos casos, sólo la banda sonora de ese espectáculo. Por ello, en los inicios ni siquiera se recogía el texto para editarlo. Se hizo con posterioridad y los autores se dedicaban a embellecer esa parte descuidando las demás, aunque existen hoy en día ediciones especiales en las que se recoge todo. La lectura de teatro me ha causado siempre admiración. El lector de teatro se convierte, por unas horas, en director de la obra, de su propia representación. Y ser lector antes que espectador tiene su encanto.
El editor de la obra de Beckett en Tusquets nos cuenta que cuando en 1953 se estrenó en París Esperando a Godot, pocos sabían quién era Samuel Beckett, salvo, quizá, los que ya lo conocían como ex secretario de otro irlandés no menos genial: James Joyce. Por aquellas fechas, Beckett tenía escrita ya gran parte de su obra literaria; sin embargo, para muchos pasó a ser “el autor de Esperando a Godot”. Se dice que, desde aquella primera puesta en escena –que causó estupefacción y obtuvo tanto éxito- hasta nuestros días, no ha habido año en que, en algún lugar del planeta, no se haya representado la obra. El propio Beckett comentó en cierta ocasión, poco después de recibir el Premio Nobel de Literatura en 1969, que Esperando a Godot era una obra “horriblemente cómica”. Sí, todo lo horriblemente cómica que pueda resultar la situación de dos seres cuya grotesca vida se funda en la vana espera de ese ser al que llaman Godot.
Es una buena lectura, sin duda, para la espera y mi vuelo sale con retraso…
¡Un libro!
Julio 27, 2008
Carles Rull recoge en su página sobre literatura juvenil el texto Estrategias del deseo o trucos para leer del maestro Emili Teixidor, un reconocido escritor de libros infantiles. Sus sabios consejos ayudan al profesor, iniciado o no, en la tarea de despertar el deseo de leer de sus alumnos.
El inicio de la adolescencia es, quizá, el mejor momento. Conscientes de ello, las editoriales se afanan por ofrecer títulos adecuados a los tiempos que corren. El debate está servido. En los departamentos de lengua coexisten desde hace ya tiempo con los clásicos, en muchos casos también adaptados.
Pero la LOE, al destacar el fomento de la lectura como tema transversal, extiende esta tarea al resto de departamentos.
Sin embargo, los compañeros no lo tienen nada fácil. Unos alumnos de 3º de ESO me comentaban, este curso pasado, que estaban indignados porque su profesora de ciencias sociales les había pedido que leyeran un libro. ¡Un libro! Que lo de los libros era cosa mía (y de nadie más, cuidado). Al igual que yo no podía perderme en disquisiciones filosóficas, supongo. Esto debería hacernos reflexionar acerca del valor de la lectura y de si los profes de lengua nos hemos apropiado de él, sin ser conscientes.
Lo cierto es que hay mucho trabajo por hacer. En mi caso, muchas lecturas pendientes. A falta de una historia crítica de la literatura juvenil, mi experiencia se nutre de mis propias lecturas, los descubrimientos que me han hecho otros compañeros y los generosos apuntes de profes blogueros. Poco a poco, espero ir creando mi propia biblioteca. En ella, no faltarán títulos ya clásicos como El guardián entre el centeno o La perla. Dedicaré algunas líneas en el futuro a estas lecturas que podríamos denominar profesionales pero sin olvidar las personales haciendo mío ya el primer truco de Teixidor: Primero lee tú y los demás imitarán el placer que tú expandas. Predica con el ejemplo.
De vacaciones
Julio 11, 2008
Sucede algunas veces que después de un gran esfuerzo, la realización de los exámenes, por ejemplo, o de haber experimentado la alegría o el disgusto por las notas, llegan de repente las vacaciones y nos sitúan ante un abismo de minutos, horas, días que hay que ocupar en algo. Parecido es ese abismo al que observan los escritores ante la hoja en blanco.
Por un momento nos sentimos libres, nos convertimos en escritores, o al menos lo intentamos, de nuestras propias vidas. Tenemos a nuestro alcance muchas hojas en blanco y para escribirlas, aparentemente ningún guion.
Sé que alguno de vosotros debe estudiar en verano para las recuperaciones de septiembre y entenderá que, en su caso, esto no es del todo así. Otros tendrán ya planificadas sus vacaciones con la familia o amigos. De cualquier modo, todos tenemos algún tiempo precioso por delante para disfrutarlo.
Os propongo comenzar el verano leyendo este breve relato de Almudena Grandes que trata de lo difícil que es para algunas personas romper con la rutina cuando llegan las vacaciones pues esa rutina constituye un refugio para sus vidas. Disfrutadlo.



