En una noche sin luna

Octubre 16, 2008

 

 

 

 

 

 

 

 A Francisco Pérez Abad

“A la orilla del agua

sin que nadie la viera

se murió mi esperanza”

    Federico García Lorca escribió estos versos para que fueran pronunciados por un personaje heroico, Mariana Pineda, símbolo de la lucha por las libertades. El historiador Ian Gibson nos dice que el poeta había escrito, sin saberlo, su propio epitafio.

    Pero su epitafio podía ser también el de todos los desaparecidos en sus mismas circunstancias. El de mi bisabuelo, por ejemplo, del que se pierde su rastro en 1945, siendo mi padre todavía un niño.

    Lorca es un eslabón más de una larga cadena. Un símbolo.

    Gibson recrea, de manera emocionante, los últimos momentos de su vida, en agosto de 1936. Nos cuenta cómo el poeta, quizá sin saberlo, había despertado odios eternos. Cómo fueron a buscarlo a la casa del padre de los falangistas hermanos Rosales, cómo lo detuvieron y seguramente torturaron. Nos habla también del miedo que debió sentir en esos momentos en los que quizá se acordó de los versos de su heroína… y con qué crueldad lo asesinaron y abandonaron su cuerpo inerte en una noche sin luna, en el camino que va de Víznar a Alfacar en Granada. Sabemos que lo acompañaron en su calvario el maestro Dióscoro Galindo González y los toreros Francisco Galadí Melgar y Joaquín Arcollas Cabezas, que corrieron igual suerte.  

    Muchos de los descendientes de los desaparecidos alzamos hoy la voz reclamando justicia, la recuperación de los nuestros, de su memoria. Superando un miedo ancestral. Para que las heridas abiertas, y cerradas en falso, curen definitivamente. 

    Los herederos del poeta, que se habían negado durante mucho tiempo a que el lugar en el que se encuentra Lorca fuera removido, por un deseo de privacidad, expresaron hace poco su intención de no impedir en nada el proceso de exhumación, respetando los deseos de las otras familias.   

    Hoy, el juez Garzón se ha declarado competente para investigar las desapariciones de la guerra civil y el franquismo, alegando que son “crímenes contra la humanidad”, que en ningún caso han prescrito y que el suplicio de las familias es permanente, llega hasta hoy. Ha ordenado la exhumación de diecinueve fosas, entre ellas, la de Federico García Lorca. 

    La fiscalía ha recurrido. Lo que hará que el proceso se alargue y quizá quede en nada. 

    Pero más allá de juicios mediáticos, si finalmente el auto del juez no encuentra obstáculos, a partir de ese momento histórico, Federico García Lorca, siempre tan cerca de los que sufren, se puede y se debe convertir, en palabras de Gibson, en el máximo símbolo de la reconciliación definitiva de los españoles.

    Este sería nuestro deseo. 

    Los versos que reproducimos a continuación, cobran un profundo sentido, en memoria de Lorca, nuestro poeta universal, y de todos los desaparecidos, amordazados hasta ahora por el olvido.     

“Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte
a parte a dentelladas secas y calientes.
 
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.”

    Joan Manuel Serrat puso voz y música a esta hermosa elegía que Miguel Hernández compuso tras la muerte de su gran amigo Ramón Sijé.

 

ELEGÍA A RAMÓN SIJÉ
 
(En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha
muerto como del rayo Ramón Sijé, con quien
tanto quería.)
 
Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
 
 
Alimentando lluvias, caracolas
Y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
 
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
 
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.
 
No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.
 
Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
 
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.
 
No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.
 
En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofe y hambrienta.
 
Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte
a parte a dentelladas secas y calientes.
 
Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.
 
Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera
 
de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.
 
Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.
 
Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.
 
A las aladas almas de las rosas…
del almendro de nata te requiero:
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.