La despedida

Septiembre 7, 2008

   

 

 

 

 

 

 

    Alguno de los largos veranos de la infancia discurrieron, para afortunados como yo, lejos de la gran ciudad, en el pueblo del que nuestros padres habían salido años antes en busca del tan manido futuro mejor. Tener pueblo para pasar allí todo el verano era un pequeño lujo del que otros niños no podían disfrutar y, si el pueblo era costero, los padres de ese niño cosechaban nuestra más profunda admiración.

    Mi pueblo era del interior. Pero a mí me daba igual. El tiempo allí se detenía, podías escucharlo en el silencio de la siesta, cuando se presumía que un sol abrasador lo destilaba perezoso gota a gota desde el reloj de la plaza. Recuerdo el olor a magdalenas del negocio familiar que lo impregnaba todo y que con el descubrimiento de Proust cobró un sentido literario ignorado hasta entonces. 

    En fin, quizá la infancia es la que convierte estos sitios en los mejores lugares del mundo, a los que uno siempre quisiera volver para encontrar refugio aunque de mayor ya no se pueda. Y quizá, la intuición infantil, precisamente por eso, hacía de la despedida de estos lugares la mayor de las tragedias.

    Con el paso del tiempo, uno se acostumbra a las despedidas.

    En estos días, en los que acaba un curso y comienza otro y para muchos hay cambio de centro, la red de relaciones tejida durante el año parece desenredarse para comenzar a enredarse de nuevo en otra parte. Arte admirable de Penélope que todos imitamos con mayor o menor fortuna. 

    Sin duda, Campo Real ha sido punto de partida de mi particular viaje iniciático. En su estación, he bajado del tren, me he paseado por el andén y he conversado animadamente con los viajeros que he encontrado allí. He compartido algo de mí. Mucho más de lo que era mi costumbre. Y no me arrepiento. He aprendido mucho, más allá de lo meramente académico. Y todo eso me lo llevo. Curiosamente, mi equipaje es ahora mucho más liviano que antes.

    Como cuando éramos pequeños y mirábamos a través de las ventanas del tren, los lugares y personas que antes transitábamos a diario quedan atrás. Muchos acabarán borrándose por completo de nuestra memoria, algo nos acompañará para siempre. Sea como sea, hay que despedirse. Quién sabe si volveremos a encontrarnos… Mientras tanto, podéis “vigilarme” desde esta pequeña atalaya. Pero nunca tan de cerca como canta Sting en The Police en esta ya mítica canción.

Every breath you take

Every breath you take/ Every move you make/ Every bond you break/ Every step you take/ I’ll be watching you

Every single day/ Every word you say/ Every game you play/ Every night you stay/ I’ll be watching you

Oh, can’t you see/ You belong to me?/ How my poor heart aches/ With every step you take

Every move you make/ Every vow you break/ Every smile you fake/ Every claim you stake/ I’ll be watching you

Since you’ve gone I’ve been lost without a trace/ I dream at night, I can only see your face/

I look around but it’s you I can’t replace/ I feel so cold and I long for your embrace/

I keep crying baby, baby please

Oh, can’t you see/ You belong to me?/ How my poor heart aches/ With every step you take

Every move you make/ Every vow you break/ Every smile you fake/ Every claim you stake/ I’ll be watching you

Every move you make/ Every step you take/ I’ll be watching you/ I’ll be watching you

Every breath you take/ Every move you make/ Every vow you break/I’ll be watching you…

 

Cada vez que respires

 Cada vez que respires/ Cada movimiento que hagas/ Cada lazo que rompas/ Cada paso que des/ Estaré vigilándote

Cada uno de los días/ Cada palabra que digas/ Cada partida que juegues/ Cada noche que te quedes/ Estaré vigilándote

¡Oh! ¿acaso no ves/ Que me perteneces?/ Cómo me duele mi pobre corazón/ Con cada paso que das

Cada movimiento que hagas/ Cada voto que rompas/ Cada sonrisa que finjas/ Cada demanda que presentes/ Estaré vigilándote

Desde que te fuiste, me he perdido sin dejar rastro/ Sueño de noche, pero solo veo tu rostro/

Miro a mi alrededor, pero es a ti a quien no puedo sustituir/ Tengo frío y anhelo tu abrazo/

Lloro sin cesar, nena, nena, por favor

¡Oh! ¿acaso no ves/ Que me perteneces?/ Cómo me duele mi pobre corazón/ Con cada paso que das

Cada movimiento que hagas/ Cada paso que des/ Estaré vigilándote/ Estaré vigilándote

Cada vez que respires/ Cada movimiento que hagas/ Cada voto que rompas/ Estaré vigilándote

 

 

3 Responses to “La despedida”

  1. david Says:

    Me decían hace ya un tiempo unas amigas catalanas que en Madrid les llamaban la atención nuestras despedidas. Según me contaban sus despedidas terminaban por lo general en un adiós que tenía un algo de definitivo. Sin embargo los madrileños decíamos “hasta luego” aunque fuéramos conscientes de que nunca más nos fuéramos a ver. Cuando uno se despide no tiene la certeza de si la despedida es definitiva, la tragedia a veces dice adioses inesperados, en otros casos la indolencia hace definitivos adioses que se estimaban transitorios. En cualquier caso me gusta la expresión madrileña, ese adiós que espera el regreso, al fin y al cabo como bien dices viajamos, subimos y bajamos del tren muchas veces y hasta repetimos estaciones. La hospitalidad de haber recibido a alguien, que es al fin y al cabo lo que hacemos cuando nos abrimos a los demás, nos convierte en parientes. Eso al menos estimaban las antiguas culturas del Mediterráneo. En cuanto a las idas y venidas al pueblo, yo no lo tuve nunca, pero cuando lo he tenido por arrime me ha llamado mucho más la atención esa pregunta que te dirigen quienes allí permanecen según te ven bajarte del coche.”¡Vaya… cuanto tiempo! ¡Cuando os vais!” Sigo sin estar seguro si es expresión de alegría ante el encuentro o de pesadumbre. Ya me dirás tú que tienes pueblo…..

  2. Alejandra Says:

    No he podido resistirme a deciros “Qué dos”, llorones.
    Patricia, uno nunca se acostumbra a las despedidas, son diferentes unas de otras, pero nunca te acostumbras, yo llevo 17 años despidiendome, de personas, de lugares, y aunque no haya lágrimas visibles, ni voces entrecortadas, ni nudos en la gargarta audibles, no significa que no duelan, y que te hayas acostumbrado. Duelen, y mucho, en el corazón. Yo no pienso deciros adios, ni hasta luego, yo os digo Hola.(Que para eso los italianos son muy listos y utilizan las misma palabra).

  3. david Says:

    Pues resístete …. pérfida. Yo reconozco que soy un lloricamea, me duele mucho dejar atrás a la gente, aunque sepa que la voy a seguir teniendo al lado. Odio estas despedidas, aunque no me puedo quejar, pues en el tiempo que llevo no he hecho más que añadir amigos a mi agenda. Ha sido un privilegio compartir tiempo con la autora del blog y con la del comentario.


Leave a Reply